El Imperio Eterno: La Conquista de un Mundo Primitivo

Capitulo 3: El Renacimiento de Arthion Acard



Capitulo 3: El Renacimiento de Arthion Acard

Arthion, al darse cuenta de que había renacido en un mundo completamente diferente, se sentía aturdido y asombrado. La brisa fresca que corría por las colinas y el aroma terroso de la naturaleza eran conocidos para él, pero todo era distinto en esta nueva vida. Era como despertar de un sueño y encontrarse en un entorno que, aunque familiar en esencia, estaba impregnado de misterio.

Sus padres, figuras robustas y majestuosas, se movían con una gracia que desmentía la fuerza que poseían. Su madre, Quila una feroz guardiana de piel bronceada, era admirada y respetada por todos en la tribu Natufin. Cada gesto de su madre mostraba una mezcla de suavidad y dureza; su voz, a veces dulce y otras firme, resonaba como el eco de las antiguas montañas. Sus ojos, como dos brasas ardientes, eran capaces de intimidar a los más intrépidos, y sus habilidades de caza y defensa eran legendarias.

Su padre Soth de complexión fuerte y con un semblante decidido, también servía como ejemplo de fortaleza. Cubierto con pieles de ciervo y un manto tejido con hojas, parecía estar en perfecta armonía con el mundo natural, como si pudiera comunicarse con los árboles y las criaturas que habitaban el bosque. Su mirada intensa, fulgurante y llena de determinación, parecía decir que estaba siempre preparado para enfrentar lo que fuera necesario para proteger a su familia y su gente. El hacha de piedra en su cinto brillaba con cada movimiento, un símbolo de su papel como protector.

Cuando los padres de Arthion lo llamaron Acard, la confusión invadió su mente. La sonoridad del nombre resonaba en su interior como un eco familiar, pero no encajaba con lo que recordaba de su vida anterior. Con el tiempo, a medida que pasaban los días, Arthion se dio cuenta de que la lengua que hablaban era una variante del inglés que él conocía, distorsionada y llena de matices. Era como aprender a caminar de nuevo; cada palabra era un hito, cada frase un descubrimiento. Pasó años enredándose en un laberinto de sonidos, gestos y significados, luchando por comprender a sus padres y los demás miembros de la tribu. La enseñanza era dura, llena de pruebas y errores, como un laberinto que nunca parecía tener salida.

Crecía entre juegos y lecciones de supervivencia, junto a otros niños de la tribu Natufin, quienes vivían en cuevas y casas improvisadas con palos y ramas. La vida era sencilla, pero las lecciones eran profundas: aprender a cazar, recolectar, y sobre todo, respetar la naturaleza que los rodeaba. Hacer fuego se convirtió en su primer triunfo, un símbolo de su creciente conexión con aquel mundo. Cada día era una lucha y una aventura, un camino hacia la aceptación de su nueva identidad.

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Trece años habían pasado desde su renacimiento, y Acard se había convertido en un joven curioso e inquieto. Su piel, aunque blanca, estaba bronceada por el sol, y su cabello negro caía en desorden sobre sus ojos azules, que brillaban como el mar en un día despejado. A diferencia de los demás, Acard no se conformaba con la monotonía de la vida en la tribu. Estaba harto de comer carne sin sabor, asada sobre el fuego sin condimentos ni acompañamientos. Anhelaba algo más, algo que despertara sus sentidos y le recordara que la vida no era solo supervivencia, sino también placer.

Fue así como comenzó a explorar los alrededores de la tribu, buscando plantas exóticas que pudieran añadir sabor a su comida. Lo acompañaba en sus aventuras Lira, una niña tímida pero valiente que había sido su amiga desde la infancia. Lira tenía el cabello castaño y los ojos verdes como los bosques que rodeaban su hogar. Aunque no hablaba mucho, su presencia era reconfortante, y Acard sabía que podía confiar en ella.

“¿Crees que encontraremos algo hoy?” preguntó Lira, mientras caminaban entre los árboles.

“Siempre hay algo que descubrir” respondió Acard con una sonrisa “Solo hay que saber dónde buscar.”

Acard estaba arrodillado, examinando unas bayas rojas que crecían en un arbusto, cuando escuchó un gruñido bajo y gutural. Alzó la vista y vio a Lira, petrificada, con los ojos llenos de terror. Detrás de ella, emergiendo de la maleza, estaba un Voryn.

El Voryn era una criatura temible, similar a un lobo, pero más grande y robusto. Su pelaje era grueso y oscuro, y sus ojos brillaban con una ferocidad que helaba la sangre. Las fauces del animal estaban abiertas, mostrando unos colmillos afilados que prometían muerte.

“¡Lira, apártate!” gritó Acard, sacando el cuchillo de piedra que su madre le había regalado. Era una herramienta rudimentaria, pero era lo único que tenía para defenderse.

Lira retrocedió, tambaleándose, mientras Acard se interponía entre ella y la bestia. El corazón le latía con fuerza, pero su mente estaba clara. Sabía lo que tenía que hacer.

“Lira, ve a buscar ayuda” dijo, sin apartar la vista del Voryn “Yo lo distraeré.”@@@@

“Pero... ¿y tú?” preguntó Lira, con la voz temblorosa.

“Mi deber como guerrero de la tribu es protegerte” respondió Acard, con una determinación que sorprendió incluso a sí mismo “Las mujeres de nuestra tribu son pocas. No puedo permitir que te lastimen.”

Lira vaciló por un momento, pero finalmente asintió y corrió en dirección a la tribu. Acard respiró hondo, sintiendo el peso del cuchillo en su mano. Nunca antes había enfrentado a una bestia como esa, pero sabía que no podía fallar. No podía permitirse perder a alguien más, como había perdido a sus seres queridos en su vida anterior.

El Voryn gruñó y avanzó hacia él, moviéndose con una agilidad que parecía imposible para su tamaño. Acard se preparó, ajustando su agarre en el cuchillo. Sabía que no podía ganar, pero no importaba. Lo único que importaba era darle a Lira el tiempo suficiente para escapar.

Esa noche, mientras el resto de la tribu dormía, Acard salió de la cueva y miró hacia las estrellas. El anillo brillaba suavemente, como si estuviera conectado con el cielo. Sabía que su viaje apenas comenzaba, pero ahora tenía algo más que proteger: no solo a su tribu y a sus seres queridos, sino también el legado de su vida pasada y la promesa que había hecho en la oscuridad.

“Nunca más” murmuró, apretando el puño “Nunca más perderé algo importante.”

Y en ese momento, bajo la luz de la luna, Acard juró convertirse en el guerrero que el destino le exigía ser. Un guerrero que desafiaría a bestias, dioses y al mismo infierno si era necesario. Porque ahora, más que nunca, sabía que su determinación era inquebrantable.

El antiteatro estaba lleno de ciudadanos curiosos, sus rostros iluminados por la luz tenue de las lámparas que colgaban del techo. Dorian, el historiador, se encontraba en el centro, su voz resonando con la autoridad de quien ha dedicado su vida a estudiar los misterios del pasado.

“Y así, Arthion en ese momento llamado Acard, con solo trece años, se enfrentó al Voryn” continuó Dorian, mientras los ojos de los ciudadanos brillaban con asombro “No era solo una bestia, era un símbolo de todo lo que tememos: la pérdida, el dolor, la impotencia. Pero Acard no se rindió. Él...”

“¡Señor Dorian!” la voz infantil de Tarek interrumpió la narración. El niño, de no más de diez años, levantó la mano con entusiasmo “¿Cómo sabe usted toda esa información? ¿Es cierto que Acard realmente se enfrentó a esa bestia a los trece años?”

Dorian sonrió, no molesto por la interrupción, sino complacido por la curiosidad del niño. Con un gesto teatral, sacó de su maletín un cuaderno viejo y desgastado. En la portada, apenas visible por el paso del tiempo, se leía: "Diario de Lira". Lo abrió con cuidado, como si fuera un tesoro invaluable, y proyectó una página en la pantalla gigante detrás de él.

“Miren esto” dijo Dorian, señalando el texto que aparecía en la pantalla “Estas son las palabras de Lira, la santa de la tribu Natufin y la amiga de la infancia de Acard. Ella lo vio todo.”

La pantalla mostró un pasaje escrito con una caligrafía delicada pero firme:

"Aquella noche, Acard creía estar mirando la luna solo, murmurando para sí mismo. No se dio cuenta de mi presencia detrás de la cueva. Yo solo quería ver cómo estaba después de lo ocurrido con el Voryn. Pero cuando lo vi salir y escuché sus palabras, supe que algo había cambiado en él. 'Nunca más perderé algo importante', dijo, con una determinación que helaba el alma. Bajo la luz de la luna, tuve una epifanía. Vi la sombra de una persona que cambiaría la era. Desde niña me dijeron que soy la santa de la tribu, y ese día decidí que sería la santa que estaría sentada junto a Acard, guiándolo en su camino."

Dorian hizo una pausa, permitiendo que las palabras de Lira resonaran en el silencio del antiteatro. Los ciudadanos estaban cautivados, sus mentes imaginando la escena: Acard, bajo la luz de la luna, jurando proteger lo que amaba; Lira, oculta en las sombras, comprendiendo el peso del destino que ambos compartían.

“Lira no era solo una niña” continuó Dorian “Era la santa de la tribu, una figura espiritual que guiaba a su pueblo con sabiduría y compasión. Pero aquella noche, ella entendió que su papel no era solo ser una líder, sino ser el faro que iluminaría el camino de Acard. Juntos, ellos cambiarían el curso de la historia.”

Tarek, con los ojos brillantes de emoción, levantó la mano nuevamente.

“¿Y qué pasó después, señor Dorian? ¿Acard y Lira cumplieron su destino?”

Dorian sonrió, cerrando suavemente el diario de Lira.

“Pues después ..................”


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